los archivos azules de dina aldabbagh

Estoy sentándome en este Starbucks estadounidense. Te reirías si te dijera cómo esto me recordó de tí. Estuve sentándome en la esquina, donde quedan cuatro sofás, y los tres estaban disponibles. Casi todo el Starbucks estaba abierto y había mucho espacio que no estaba justo a mi alrededor. 

Luego dos mujeres vinieron, y se sentaron justo a mi lado — en los sofás disponibles. Me reí. Me acordé de ti. Me acordé de aquellos momentos en un café en Madri, donde la gente estaba a solo un brazo de distancia de mí. Donde se sentaban tan cercas que yo podía sentir temblar el suelo cuando toserían. 

Me reí en este Starbucks estadounidense porque me acordé que — allá en Madrid — al principio esta indiferencia respecto a la distancia entre gente solía molestarme. Pero ahora ando por la vida sin molestarme. Ahora, cuando alguien es un obstáculo en mi camino, o cuando alguien se sienta muy cerca de mí o cuando alguien hace mucho ruido en el público…vno me importa. 

Ahora, cuando alguien en público vive una vida en altavoz — y toman su espacio, crean sonidos e interrumpen mi vida para hablarme — lo considero normal. Y siempre puedo reconocer que la razón eres tú. Después de vivir en una ciudad tan viva, tan emocionada y tan ocupada, considero la manera de compartir el espacio no solo una estipulación de vivir entre otras, sino una bendición. 

Sí, al principio de presentarme a esa vida madrileña, todo me molestaba. ¿Por qué están parados tan cerca de mí? ¿Por qué hablan en la calle a esta hora? ¿Por qué me están mirando fijamente? Sí, al principio era así. Al final de la historia, me convertí en algo diferente. Sin darme cuenta, empecé a que me gustara cuando alguien invadía mi espacio…porque siempre me recuerda de ti. Y creo que nunca llegará el día que no me guste que me recuerden de ti. 

Eventualmente, esas mujeres se fueron, y otras llegaron. Estas personas eran una pareja vieja. Se sentaron a mi lado, hablando en el teléfono con su hijo…en altavoz. Me reí cuando el abuelo me preguntó, ¿te molestaría si hablara en altavoz aquí? Le respondé, “no, estoy en público.” Es decir: tomé la decisión de venir aquí, ya sabía que me enfrentaría al público. Luego, su hijo exclamó, “¿Estás en altavoz? ¿En un Starbucks?” Me reí para mis adentros. 

Siempre que surjan estas oportunidades de ver el contraste entre quien yo era y quien soy yo ahora, crece una sonrisa en mi cara. Aunque no te he visto hace meses, vives en mi corazón, mi mente y mi sistema nervioso, Madrid. No te puedo escapar — ni siquiera quiero — porque me formaste de una manera fundamental. Si un científico mirara a mi DNA ahora, te encontraría en cada una de mis hebras.

Sí, te extraño terriblemente, pero no es fatal, porque vives dentro de mí. Lo veo en cada situación que vivo a diario — incluso en las más pequeñas.

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